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Location: Caracas, Distrito Capital, Venezuela

Arquitecto de oficio (entre otros) y librepensador por convicción. Huyendo del conflicto innecesario y de la pugnacidad fútil. Cultivando pequeños gozos cotidianos como los atardeceres y el scrabble. Satisfecho pero no conforme.

Sunday, June 04, 2006

Los Patines


Viajábamos a Barquisimeto 3 veces al año (Semana Santa, Agosto y Diciembre), en unas vacaciones atípicas que nos mantenán fuera del equilibrio tutelar paterno y daban a mi madre uno de sus anhelos mas preciados: El control absoluto sobre los decires y haceres de sus hijos. En esos días, yo miraba con envidia a Franco y María Teresa, que podían decir groserías, jugar en la calle, encerrarse en sus cuartos y treparse en los árboles sin tener esa kinestésica sucesión de diapositivas que invariablemente se sucedían una a otra como en cámara lenta:
- Oir: "que sta chendo? le voy a reventar la guetta de un conniasso!"
- Sentir: el anillo restallando contra los labios, el calor en la mejilla que deja el golpe de los dedos gordezuelos.
- Saborear: a la vez la sangre y las lágrimas, ambas saladas.

Franco tenía 8 años y María Teresa 6 (como yo), y pasábamos el día con ellos en la zapataría de sus padres. Las horas en la niñez son largas y tediosas, y la diversión en boga era patinar en la acera del negocio. Todos los días yo le rogaba a mi mamá que me regalara unos patines para patinar con Franco y María Teresa y no simplemente mirarlos, fingiendo que me interesaba más la hormiga que pasaba por el quicio de la puerta o la nota de entrega olvidada sobre el mostrador, para no poner de manifiesto la amargura que me daba no sentir la velocidad, el viento en la cara, el vértigo del mundo sobre un par de patines.

Dos años después, por algún motivo, alguna de las señoras italianas de piernas gordas, clones y amigas de mi mamá, logró convencerla de que me regalase unos patines, cosa que ella hizo a través del ingenuo recurso del niño Jesús. Y allí estaba, la mañana del 25 dediciembre bajo la cama del hotelucho en el que nos alojábamos, la caja gris que decía afuera "Patines Vitesse" junto a unas estilizadas siluetas de patinadores. Y dentro, las estructuras de aluminio de tamaño ajustable con ruedas rojas y cordones para amarrar a los zapatos que tenía tiempo anhelando.

Como es natural, quise estrenar mi regalo de inmediato, pero no me fue permitido. "Los estrenas en San Cristóbal" fue la escueta explicación que precedió a perder de vista la caja, arrebatada de improviso de mis manos. Al llegar a San Cristóbal, los patines fueron a dar al cuarto de los chécheres, lóbrega y ecléctica habitación donde reposaba una peana con santos y velas, un montón de cajas con libros viejos, un juego de comedor años 60 demasiado grande para la incómoda casa donde vivíamos, y todos los juguetes y objetos que mi hermana y yo teníamos prohibido usar "hasta que fuésemos más grandes". Sin aviso y sin protesto.

Paso el tiempo y olvidé los patines. Y cuando tenía 11 años, buscando alguna otra cosa, los encontré. La ilusión renació, y aunque no eran los "ruedas calientes con frenos potentes" que estaban de moda ese año y que vendían en el cada al inalcanzable precio de 110 bolos, pensé que me vendrían perfectos para finalmente aprender a patinar y vencer al ritmo de Roller Boogie algunas de mis frustraciones. Pero yo no había considerado un detalle dimensional: Mis pies crecieron más rápido que yo. A los 11 años, yo era un enanito pero calzaba 40, y ya los patines no me quedaban. Entrenado como estaba en la técnica de enfrentar las decepciones con filosofía y fingiendo que no me afectaban, participé a la familia la caducidad de los patines, que creo fueron a convertirse el aguinaldo para el hijo de la señora fulana, o algo así.

Y aunque me la tomé con soda, nunca aprendí, ni aprenderé a patinar.

1 Comments:

Blogger Alexis Mora said...

Esa ha sido, una de tus más preciadas virtudes, saber darle a las cosas (y a la gente) su justo y preciado valor. Probablemente la narración sea estruendosa y uno intente afincarse en esos detalles como los de la sangre y la sal, ambas alcalinas, transformándose en una imagen Almodovariana, per se. Pero el cuento es mucho más que el impacto que logras con tus textos, es ese final feliz que lograste darle no solo a ese episodio sino a muchos otros que has sabido resolver con la ligereza de una pompa de jabón y lo mejor de todo: sigues sonriendo!. Extraordinario texto (como casi todos). ¿No has pensado en armar un guión para algún audiovisual?

6:01 PM  

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