Cuadernos Amarillos

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Location: Caracas, Distrito Capital, Venezuela

Arquitecto de oficio (entre otros) y librepensador por convicción. Huyendo del conflicto innecesario y de la pugnacidad fútil. Cultivando pequeños gozos cotidianos como los atardeceres y el scrabble. Satisfecho pero no conforme.

Sunday, October 04, 2015

Un San Valentin Diferente (Relato)


Mariana era una mujer difícilmente memorable. Su belleza juvenil se había evaporado, dejando como hez un cuerpo sarmentoso y sin gracia, una personalidad plana, una vida monótona de empleada bancaria de medio pelo. Pero así como el ocotillo de Sonora estalla en flores escarlata que orlan sus resecos tallos luego de las lluvias desérticas, el corazón de Mariana rielaba con rayos irisados que escapaban de sus grietas cada día de San Valentín, cuando su eterno enamorado, el viudo Don Eustaquio, le enviaba una carta manuscrita expresándole en decimonónico estilo su admiración, adoración, respeto y amistad.

 

Taquito se parecía tan poco a su padre que las malas lenguas dudaban de que el respetable Don Eustaquio fuese el progenitor verdadero de este desordenado y ruidoso zagaletón adolescente, que solo se había salvado de ser un bueno para nada debido a los ingentes esfuerzos de su padre, respetable señor de nobleza rancia y escaso patrimonio que se esforzaba en llevarlo por los caminos del bien. Taquito cambiaba de vocación e intereses con la misma volatilidad con que lo hacen los trending topic de las redes sociales que tan asiduamente seguía, siempre apoyado económica y moralmente por su padre que ahora le pagaba un curso de escritura, luego de que hubiese tirado la toalla en su empeño de ser chef, más porque esa profesión dejó de ser cool que por carecer de talento para ello.

 

Ese sombrío 13 de febrero Taquito se hallaba angustiado, si así puede llamarse al hecho de pensar en una situación problemática por 5 o 10 segundos cada vez que el sistema operativo de su móvil tardaba más de lo usual en actualizar su facebook, su twitter y su instagram. Tenía que llevar a la clase de escritura del siguiente día una carta de amor redactada en términos y estilo anteriores a la aparición del correo electrónico y las redes sociales. La profesora está loca, pensó Taquito, quien ni siquiera era capaz de imaginarse un mundo sin redes sociales y sin smartphones. Estaba frito. ¿Cómo diablos iba a escribir esa carta, que además no servía para nada? Había considerado la opción de cambiar de curso, pero la elevada cantidad de mamacitas que asistían a su clase lo hacía dudar de la conveniencia de tal decisión. Al pedirle ayuda a su padre, este sacó de la biblioteca un polvoriento ejemplar del Composición de Joaquín Añorga, que Taquito había desechado casi ipso facto, incapaz de entender términos como “solecismo” o “prosódico”. Tenía que inventarse otra. Y para colmo, su padre le había pedido que llevase la correspondencia al correo. ¡Qué ladilla con ese viejo anticuado! Con lo sencillo que resultaba escribir un whatsapp, un pin e incluso, si se requería formalidad, un email

 

Mariana estaba exultante. Al día siguiente llegaría a sus manos la carta de Don Eustaquio, y esta vez estaba segura que se declararía. Su intuición se lo dictaba, y los ya veinte años de intercambio epistolar anual así lo determinaban. Se acostó a dormir soñando con el momento de recibir la carta, rasgar la oblea del perfumado sobre y leer y releer ávidamente su contenido, disfrutando con todos los sentidos del saberse amada por un caballero de verdad, respetuoso y digno, como le enseñó su madre debía ser su enamorado. Y como se había vuelto usual en víspera de San Valentín, experimentó un estremecedor orgasmo mientras en duermevela imaginaba la escena.

 

Nunca pudo ser peor el anticlímax de Mariana, con la crueldad que implica aceptarse como solterona en medio de la cursi barahúnda comercial que inunda el día de los enamorados. Se sintió como naufrago que muere al llegar a la orilla, como hormiga que contempla impotente el pié insolente que destroza su hormiguero construido grano a grano. Don Eustaquio ya no la amaba. Había seguramente puesto sus ojos en alguna dama más casquivana y juvenil, de encantos fáciles y moral relajada. El sobre estaba vacío. Sólo había una opción para ella.

 

El cadáver fue encontrado varios días después, empezando a descomponerse pero aún reconocible, exangüe, con un sobre entre las manos y rodeado de la sangre ya reseca que había huido de aquel cuerpo por los certeros tajos autoinfligidos en las muñecas.

 

Y casualmente, Taquito se fue de rumba esa noche porque, por primera vez en el curso, obtuvo un sobresaliente.

Monday, April 01, 2013

Gris mediocridad: Menos inteligente y más feliz

A veces uno lee frases que se quedan pegadas incómodamente en la memoria, como un chicle en la ropa. Tendría yo 16 años o algo así cuando, leyendo un volumen dedicado a mi signo zodiacal (Sagitario) tropecé con un augurio algo inquietante sobre lo que podría ser mi adultez. Era algo como: "El Sagitariano tiende a destacarse en aquello que emprende desde muy joven, triunfando en los negocios, como político, en el deporte, el arte o el mundo de las leyes. Cuando no es así, en su madurez una gris mediocridad dominará su vida, y el sagitariano sabra disfrutarla beatíficamente".

El caso es que en aquel momento anhelé con todas mis fuerzas no caer en aquello de la "gris mediocridad", frase que a esa edad (y a muchas otras) suena espantosa. Y durante mucho tiempo, creí estar bien encaminado. Fui buen estudiante, relativamente popular en mi entorno, conocí gente de muchos niveles (desde obreros hasta potentados) trabajando mientras estudiaba, en fin.

Una vez graduado, también la cosa sonaba promisoria, trabajando free lance en una oficina de proyectos pequeña y glamorosa, con toda la vida por delante. La gris mediocridad se vislumbraba como una amenaza risible, ajena, pueril. Pero no se me olvidaba.

Pero de algún modo subrepticio, el entorno cambió y no supe adaptarme. Y me ví ya treintón practicamente carente de cualquier bien propio, malbaratando mi tiempo en una institución con ambiente de trabajo muy agradable pero que me proporcionaba ingresos ínfimos. Era esa la época en que obtenía 137 en los test de inteligencia, y mi memoria era un disco duro biológico capaz de arrojar al instante el dato exacto, día, hora y fecha de la llegada del hombre a la luna o del día en que fulanita perdió su virginidad, o de referir al voleo la altura de las 5 cataratas más altas del mundo o el nombre y población de la capital de Burkina Faso. Era la época de los crucigramas resueltos y las frases agudas.

Y todo eso lo disfruté y sirvió para mi, hasta que me cansé. Y recordé aquello de la gris mediocridad, y empecé a anhelar experimentar ese tipo de vida, con una ocupación que exprimiese menos mis neuronas y llenase más mi bolsillo. Deseé cambiar de preocupaciones, algo así como "¿En cuantas cuotas pagaré mi nuevo carro?" en lugar de "¿Que línea de transporte público me dejará cerca de X sitio?".

Hoy puedo decir con conocimiento de causa que aquella máxima tan común en mis lecturas de ciencia ficción, "Ser inteligente te hace infeliz" posee similitudes significativas con mi caso. Estoy seguro que soy menos inteligente que hace 20 años (claro, estoy traería a debate el concepto de inteligencia, pero asumamos la interpretación materno-popular que todos conocemos) y también de que soy más feliz. No niego que a veces extraño aquella época.

Pero me basta con recordar las angustias, humillaciones y estreceheces de otrora para que la nostalgia se esfume y siga tripeándome lo que puede ser considerado una gris mediocridad, y que para mi es una zona de confort de donde no deseo salir.

Como datos curiosos:

Científicos desarrollan píldora para ser menos inteligente (ver http://www.youtube.com/watch?v=z9pD_UK6vGU )

Estudio de la universidad de Bamako (Mali) sostiene que quienes oyen reggaeton son 20% menos inteligentes que quienes oyten otros generos: http://www.estereofonica.com/estudio-revela-que-personas-que-escuchan-reggaeton-son-menos-inteligentes/

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Sunday, June 26, 2011

El niño y el trompo, el adolescente y el billete de 100

Cuando era niño, en alguno de esos libros que, por considerarse "obsoletos" vendían muy baratos en los remates, leí un relato sobre un niño que ayudaba a una viejecita a cruzar la calle, y la anciana le regalaba una caja, con el encargo de no abrirla sino en caso de extrema necesidad. El caso es que tiempo despues el niño -que era un pobre de solemnidad- se antojó de comprar un trompo, y se vió tentado a abrir la caja para ver si adentro había dinero, pero recordaba que la viejita le había dicho que solo debía abrirla "en caso de necesidad extrema". Pues entre tan adultas reflexiones, la caja se cayó al suelo espontáneamente, y apareció un enorme trompo, muy colorido y además musical.

El relato me impactó, y deseé fervientemente que me ocurriese algo similar a lo del niño en cuestión, aunque la verdad nunca ayudé a ninguna viejita a cruzar ninguna calle, ya que las ancianas de mi tierra suelen ser bastante hurañas y autosuficientes, y la campaña de paranoia sembrada en mi hogar, según la cual el mundo exterior estaba poblado por una especie de ejército de villanos malignos con apariencia bondadosa (incluyendo las viejecitas) me desanimó bastante.

No obstante, en la adolescencia pude vivir una historia similar, a saber: Una tarde sabatina de septiembre de 1987, particularmente canicular, puede ser catalogada como uno de los días más aburridos de mi vida. Tenía poco de haberme mudado a una urbanización de bloques recien construida en los suburbios, donde no cococía a nadie, y donde no habia nadie de mi edad. No había teléfono en casa ni en los alrededores, cerca de casa no pasaba el transporte público, y para colmo de males, estaba sumido en la más completa inopia. Compartía hogar con mis viejos, que dormitaban paquidérmicamente en la sala, frente a un televisor prendido mostrando las estupideces de "Sábado Sensacional". Ya había leído todo lo que tenía para leer (Incluyendo "Kane y Abel" de Jeffrey Archer, que consta como de 700 páginas)

En realidad lo que yo deseaba era irme a la discoteca "Shanell" a rumbear un rato, y así ver y departir con mis amigos y compañeros, que usualmente visitaban ese recinto. Ir al lugar no era problema, podía ir caminando, más o menos 1.500 mts, pero para entrar era preciso pagar un consumo mínimo, 100 Bs. que en ese momento no tenía en mi bolsillo, ni tampoco como conseguirlos (usualmente yo ganaba dinero dando clases particulares o haciendo la caja en la heladería, pero por lo visto esa era una época seca)

De modo que opté por ponerme a ordenar mi closet, actividad reservada solo para momentos de máxima ladilla. Pero en todo closet hay una gaveta que se abre poco, donde se guardan las cosas que casi no se usan, y toda suerte de cachivaches. Al ser esa la gaveta más prometedora de algún soplo de novedad que combatiese el hastío de esa tarde interminable, fue la que abrí primero. Por ahí andaba una vieja pulsera de cobre, un catecismo, una perinola, yentre todo el batiburrillo, una cajita grisácea., La abrí y adentro estaba una billetera color marrón meconio que, según recorde, me había regalado mi padrino Cesar Nieto Torres como 10 años antes. Y me puse a reflexionar sobre lo frustrado que me sentí ese día cuando mi padrino, que siempre aparecía con regalos espectaculares y muy bien elegidos, se equivocó tan diametralmente presentándose con una billetera de adulto para que la usase yo, que ni siquiera tenía cédula. Por lo visto, la billetera de marras había descansado en la gaveta del olvido de mi casa anterior, e hizo invicta el tránsito a la gaveta del olvido de mi nueva casa.

Consideré la opción de vender la billetera, aunque siempre he sido malísimo para eso del comencio. La abrí descuidadamente, y ante mis ojos se hizo la luz: Adentro, muy alisado por los años, oloroso a cuero, estaba un billete de 100 Bs que formaba parte del regalo original y que, en la ceguera fruto de la tristeza de aquel momento, no vi. Y sentí que la vida me dió una lección, ya que de haber visto el billete en aquel momento, seguramente lo habría malbaratado comprando algo que no me gustase o carente de trascendencia (posiblemente una horrible prenda de ropa calorienta y picosa sugerida por mamá), pero en aquel día, era justo la respuesta a mis plegarias.

De modo que, fortalecido por la morajeja y feliz por el hallazgo, me fui a Shanell y rumbeé hasta las 6 de la mañana.

Y no tuve que ayudar a cruzar la calle a nadie.

La ilustración es el cuadro "El Niño y la Peonza" de Jean Baptiste Simon Chardin

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Sunday, December 13, 2009

De como me enteré que el Niño Jesús eran mis padres



No tengo hijos. Pero si los tuviese,cada vez que los viese tratando de leer un libro u observando una obra de arte o simplemente si los pillara pensando mucho, inmediatamente les daría una pelota de futbol, basket, beisbol o lo que fuese y les insistiría en que deben darse duro en el deporte o en todo caso tener un cuerpo apetecible para tener éxito en la vida, ya que cultivar el intelecto no sirve de nada.


Y es que además una capacidad analítica desarrollada en la niñez trae bastantes sinsabores.

Yo quizás tendría 5 o 6 años cuando dejé de comerme el cuento del niño Jesus. Porque ¿Como explicar la diferencia entre los regalos de los niños ricos y los de los niños pobres? Y como corolario, estaba el tema de que el fulano niño Jesús NUNCA traia lo que yo le pedía. El colmo vino cuando le pedí un telescopio... y me trajo un sueter. Si, un sueter. Espantoso, diseñado como para un viejo de un metro de altura. De lana sintética, picoso. Color amarillo menopausia. Una completa mierda, pues.

Coño, francamente ¿A quien se le ocurre regalarle ropa a un niño por navidad? Y de paso una prenda diseñada por un adulto, cosida por adultos y comprada por un adulto en cuya retorcida mente los niños deben lucir como adultos enanos o subdesarrollados. Me imagino que en la tienda donde vendieron esa aberración los maniquíes son niños disecados. Si, aquellos niños que se portaban mal, que se atrevían a ser rebeldes, a contestarle a sus padres, a jugar y ensuciarse, eran llevados a la tienda donde algún anciano jorobado y con verrugas los sumergía en cera caliente y los convertía en maniquíes para lucir la espantosa ropa que iba a ser comprada por aquellos padres que secretamente deseaban que sus hijos fuesen maniquies para que no hicieran ruido, no se ensuciaran y no hubiese que comprarles juguetes

Pero lo peor, volviendo a la fatídica navidad del sueter, eran las caras de mi mamá y su cofradía de señoras italianas batatudas, sonriendo falsa y exageradamente como en el video de "Black Hole Sun", buscando contagiarme una alegría que no sentía, y alabándose mutuamente por haber elegido tan bella prenda.

O tal vez eran peores las risas de gozo y de burla de los otros niños, a quienes ese fatídico e injusto "niño Jesús" de mentira les había traído pistas de carros, bicicletas, patines, robots a pila y un sinfín de cosas deseables. Y claro, también estaban los niños desposeídos que se alegraban con sus muñequitas del "Todo a Real" o con sus camisitas usadas y raídas. Y yo me preguntaba si no se daban cuenta de lo injusta que era esa fecha

Ahí deje de creer en esa pantomima, en esa parodia injusta que no hace más que ahondar las cicatrices de la desigualdad y enrostrarle su miseria a los que la padecen. Dios, el de verdad, debería reservar algunas llamitas del infierno para quienes inventaron esa maquiavélica costumbre.

Y por eso digo, ser pobre y analítico es una combinación muy mala. Por eso muchos terminan embotándose de alcohol y químicos.

De cualquier modo, Feliz Navidad.

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Saturday, August 22, 2009

Vacaciones en Barquisimeto


Las vacaciones en Barquisimeto de mi niñez eran, en perspectiva, un extraño hiato que contribuyó a hacer mi infancia algo menos predecible y aburrida. Durante algunos dias, mi familia -la sempiterna y agobiante familia- se atomizaba. Papá pernoctaba donde su primera esposa y compartía con los hijos de esa union, y lo veiamos apenas una o dos veces durante ese periodo de una o dos semanas. Mi hermana Carmen se dedicaba a farandulear con la parentela de los Langone Chiurillo y otras pandillas italodescendientes, haciendo cosas que la férrea disciplina materna pocas veces le permitía disfrutar en casa, como montar bicicleta, salir de paseo con personas de su edad sin que estuviese ninguna madre presente, fumar y echarse unos traguitos. Yo pasaba los días jugando con los menores de esa misma parentela, permitiéndome estallar petardos, correr desaforadamente y decir groserias; cosas todas estas prohibidas taxativamente en mi vida cotidiana.
El lado desagradable de esas vacaciones lo constituian las interminables caminatas por la avenida 20, en donde Carmen y mama conspiraban para idear un recorrido que contemplaba paradas en cuanto local vendiese zapatos de mujer, ropa de mujer, perfume de mujer... para mi era un respiro entrar a las quincallas chinas, ya que al menos alli podia observar cosas menos ajenas a mi edad, genero y personalidad. De esas horrendas jornadas recuerdo el calor agobiante, el olor a sudor que se intenta ocultar con colonia barata, los charcos de agua hedionda, los niños de 10 años fumando, y el ascensor de Beco que nunca servia.
La ultima de esas jornadas vacacionales fue en 1978, cuando nos enetraron que habian entrado y robado en casa. Eso suspendio las vacaciones en conjunto. A partir de alli, papá viajaba solo a ver a "su otra familia", a veces acompañado por Carmen. Despues creci, y empece a organizar mis vacaciones por mi cuenta.
Pero me quedó la fobia a "comprar", a los mercados, supermercados, centros comerciales, mallas, buhoneros, y todo lo que me recuerda esas torturas de mi niñez.

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Saturday, June 13, 2009

Lo que le paso a Boris Izaguirre

Transcribo parte del articulo del caraqueño Boris Izaguirre, quien tiene mas de 10 años viviendo en España y por lo visto, habia olvidado ciertas condiciones de la fauna pseudoburguesa de esta pseudometropoli:

"En mi segunda y última noche en la ciudad, acudo al Atlantique, un restaurante en la parte inferior de uno de mis edificios fetiches, El Atlántico, en forma de barco, construido en esa década gloriosa de nuestra ciudad entre el 55 y el 65 del siglo pasado. El restaurante acoge un chef español dentro de unas jornadas gastronómicas. En la mesa donde nos sentaremos nueve, hay más cubiertos que en una lista de bodas de Iskia.

Allí empiezan los problemas. El menú de esta noche cuesta 479 bolívares fuertes. Todo el mundo habla al mismo tiempo diciéndome que no pague con mi tarjeta porque lo haría en cambio oficial. Y pienso, vaya delincuentes que hablan con esa facilidad del mercado negro. Al parecer, es algo súper normal en Caracas. No menos cierto que todo el mundo te indica ese cambio paralelo, pero no llevan el efectivo para efectuarlo allí mismo. "Me hubieras llamado antes y te lo hago en mi casa", te dicen. La cena empieza a incomodarme. En primer lugar, porque jamás pagaría esa cantidad en Madrid. Ni siquiera en El Bulli, donde he estado. Todo el mundo habla, se levantan para ejecutar el ritual caraqueño de la saludadera y siguen sirviendo esos platos que cuestan el sueldo de muchos profesionales universitarios. Al final, después del postre, la mesa se vacía de un golpe y soy el único que pregunta, craso error en esta tierra de bucaneros modernos que es Caracas, cómo va a pagarse la cuenta. "¿Cómo o quién?", me corrigen. Al parecer, aquí sólo pagamos los pendejos. El resultado es que me encuentro con un ticket de mi visa española por un valor que supera los 800 euros. "Claro, es que eso son como 1.800 bolívares fuertes", me explican y me siento acorralado, trampeado y sentado incómodamente en el restaurante más caro del mundo. Habiendo degustado manjares que en España cuestan la mitad. Es cierto que éste no es el único restaurante estratosférico de la nueva rica Caracas. La mala suerte es que lo haya sido para mí, una persona que aún se siente inmoral de pagar cantidades de ese tipo por una degustación. Por eso me sentí como un pendejo en una ciudad que considera normal dispendios como éste.

El subdesarrollo en todo su esplendor: Pagas por un placer importado. Para decir que lo has probado sin moverte de casa. La verdad de nuestra burguesía. Aprovechándose del incauto para clavarle. Gastando dinero en comida cuando no sólo se muere de hambre un país sino que es incapaz de producir sus propios alimentos. Alrededor siguen brindando y saludándose, no les interesa mi análisis. Me siento parte de un
gang sin el más mínimo escrúpulo, incapaces de asumir que esa conducta es lo que ha solidificado la Revolución Bolivariana. "Ellos nos imitan, no creas", se escudan, siguen sin escuchar. "No te pongas tan serio", me dice uno de los presentes."Vamos a bailar que van a poner Erasure"."

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Saturday, March 08, 2008

Cosas que odiaba cuendo era niño (y que aun odio)

Tendrá tanta importancia lo que nos ocurre en la niñez como para que sus secuelas persistan a lo largo de la vida? El caso es que descubrí que muchas de las cosas que detetstaba en mis años mozos aun me producen repeluznos, y/o han generado patrones de comportamiento particulares. Una breve lista incluye:

1) La vestimenta formal (paltó, corbata, etc). Tan es así que aun rehuyo hasta donde me es posible el uso de ese ANACRONICO uniforme de la cultura occidental (no lo uso desde el 30 de diciembre de 2003)

2) Los zapatos apretados. Dado que calzo 46 (13 americano) me resulta bien difícil conseguir zapatos, y cuido los que tengo al máximo, porque prefiero andar descalzo que con esa TORTURA martirizandome los ñames.

3) Los calentadores de los que SOLAMENTE sale agua hirviendo o helada. Afortunadamente, tienden a desaprecer.

4) El café hirviendo y, en general, la comida hirviendo. Muchas veces me levanté de la mesa sin decir palabra, con las encías y paladar cauterizados por una sopa, un café o una pizza servidos a temperatura volcánica. Ahora que yo pago por mi comida, indico que la misma (y el cafe) vengan TIBIOS. Si no es así, me levanto y me voy si estoy solo, o rechazo el pedido si estoy acompañado.

5) El olor penetrante y pachulínico de los jabones camay y palmolive, y de la mayoría de las fragancias de lavansan y mistolín. Y sencillamente en mi casa NO SE USAN esos jabones ni esos desinfectantes. Punto.

6) Las telenovelas cursilientas que son como una reinterpretación BARATA de La Cenicienta o Romeo y Julieta. Gracias a esos bodrios seguimos jodidos en latinoamérica.

7) Los estúpidos que se regodean en la tortura animal. RECHAZO TOTALMENTE el coleo, las corridas de toros, las peleas de gallo y otras execrables expresiones de primitivismo.

Hay otros odios mas nuevos (como el que me produce la "cultura sushi") y algunos que han desaparecido, pero los que siento de manera mas visceral son los que datan desde hace luengos años. ¿Será que mi personalidad no ha evolucionado?

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